02 mayo 2012

El milagro de la vida


Metió las manos en la tierra y dejó que el barro anidará debajo de las uñas. Permaneció quieta y sintió la frialdad, la dureza y la inmovilidad de sus manos. Después las empujó hacia fuera, las levantó hacía el sol y contempló la suciedad de su piel. Movió los dedos y sintió el calor, la flexibilidad y la libertad...
-        ¿Ya ha salido?- le preguntó inquieto
-        Todavía no. Falta un minuto- le respondió tranquila.
El baño era pequeño y Sofía permanecía sentada en el váter. Los píes y las manos cruzadas sin saber, si ese gesto respondía a su deseo de un resultado positivo o la desesperación porque fuera negativo.
Tenía 35 años, una carrera prometedora y una pareja estable desde hacía 5. Todas las señales la llevaban directa a esa taza de váter y a ese palito chivato.
Su padre le criticaba que aún tenía la cáscara del huevo pegada al culo y ella la sentía dura y fría allí sentada en el baño de su piso de 50 metros cuadrados.
¿Cómo va a nacer algo de mí, si yo estoy seca por dentro?
Recordó aquellos vasos de plástico que albergan un algodón húmedo en su interior, las lentejas que salpican el fondo y el milagro del nacimiento de un pequeño tallo. ¿Cómo podía haber vida si todo lo que rodeaba a la lenteja era inerte? Y aún así, ahí estaba, frágil, y desvergonzada, levantaba su pequeña hoja hacia el sol, llena de vida y fuerza por salir de aquel universo vacío.

Dejó caer el palito en la papelera y se levantó. Se lavó las manos y hundió su cara en la toalla para ocultar el llanto. Carlos entró y la abrazó.
-        Es el primer intento. Seguiremos buscándolo- la besó y se marchó.
Sofía cogió la bolsa de la papelera y la cerró. Salió de su casa con la certeza de que las lentejas crecen en los lugares inertes.

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